Una semana de lenguaje increíble


La semana pasada fue un verdadero maremágnum de lenguaje y de acciones verdaderamente increíbles, dentro y fuera del país. En Guatemala, la encargada de las relaciones exteriores calificó a la Cicig de “estructura paralela” que “polarizó la sociedad guatemalteca”, “manipuló la justicia” y se entrometió en actos ajenos a su competencia, “aterrorizó a la población” y por ello la presencia de Iván Velásquez amenazó “el orden y la seguridad públicas”. Calificó a la ONU de atentar contra la institucionalidad. “Es inaceptable y contrario a los propósitos de la ONU que pretenda convertirse en una instancia supranacional, que dicte a los gobiernos como ejercer sus atribuciones”. Reiteró al secretario general a “que de manera imparcial e inmediata atienda las peticiones de un Estado miembro”.

El yerro, lo increíble, consiste en quién lo dice: la ministra de relaciones exteriores. Regañar a la ONU es un lujo propio de los analistas, quienes al hacerlo ejercen la libertad de emisión del pensamiento. Pero los diplomáticos —y ella tiene un puesto de este tipo, aunque no se haya enterado— deben hablar en otros términos. Sus criterios pueden corresponder a la realidad, y considerarla así el resultado de verlos como verdad, pero hay multiplicidad de verdades porque dependen de la posición de quien las califica así. No hay verdad. Hay verdades pero este es un concepto filosófico talvez muy complicado para el actual equipo de gobierno. Es comprensible. Todo mundo olvida el origen de la Cicig: una ya lejana petición de ayuda al gobierno de Guatemala.

Hubo frases dignas, como mínimo, de una sonrisa. Según el ministro de la Defensa, el ejército no sabía a qué iba, algo muy extraño porque los presentes llevaban uniforme de combate. Algo peor: podría ser cierto, porque no tiene razón para mentir. El Ministro de Gobernación calificó de coincidencia (¡en serio!) el paso por la Cicig, la embajada en la Avenida de La Reforma como una actividad normal de patrullaje en las zonas 10, 14, 6 y otras. Por alguna extraña razón, ninguna de las personas a quienes conozco y viven en las dos primeras zonas, ha visto nunca algo similar, y menos a esa hora, en la cual también casualmente el presidente daba un mensaje. Después de esto, el mandatario se ha desvivido en halagos a una institución estatal muy poco apreciada por él, como lo comprueban sus grotescas sátiras televisivas denominadas La Tropa Loca.

Morales agregó una nueva división entre los ciudadanos, hombres y mujeres, civiles y militares, católicos y no católicos, alfabetos y analfabetos, con tres niveles de educación, citadinos y rurales, indígenas y ladinos, interesados o no en la política, simpatizantes o adversarios de él y su presidencia, militares molestos o tranquilos por la forma cómo actúa con el ejército. Pero lo mismo en el campo religioso: simpatizantes no católicos o católicos. Todo esto es independiente a la calificación del Ministerio Público y la Cicig, con o sin Velásquez. Por eso es necesario un ejercicio personal e íntimo de cada guatemalteco para descubrir con cuál grupo se identifica o pertenece abiertamente. Esto ayudará a comprender las consecuencias de hacer un anuncio político rodeado de militares.

Por aparte, en Estados Unidos levantó olas la publicación en The New York Times de una carta sin firma dirigida a los estadounidenses y con fuertes alusiones a Donald Trump. En Guatemala a causa de la Ley de Emisión del Pensamiento es legal publicarla, pero por ser anónima, la responsabilidad corresponde al periódico, el cual en este caso aclara conocer al autor y no divulgarlo para su protección. Lo más duro es la afirmación de la falta de ética y moral para el ejercicio de la presidencia. Éticamente se justifica, porque para el NYT no hacerlo es peor a no publicarla. Lo menciono porque todo lo relacionado al ejercicio del periodismo es tema válido de discusión, pero cuando hay críticas, éstas deben tener bases sólidas derivadas del conocimiento de esta complicada pero fundamental profesión.

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