La mano invisible


Somos gobernados por paradigmas, esa palabra tan enigmática que usaban los griegos para describir “la ventana a través de la cual vemos el mundo”, las formas mentales que definen nuestra manera de comprender los fenómenos naturales y sociales. Por ejemplo, mi forma de entender el liberalismo, en el contexto social, es que el Estado se organiza para facilitar y potenciar el que los individuos puedan perseguir y alcanzar sus propios fines. Significa que el individuo sabe mejor lo que quiere, necesita y cómo alcanzarlo. El paradigma del socialismo, o izquierda, como se le quiera etiquetar, es que el Estado organiza a los individuos para alcanzar los fines del gobierno; los gobernantes saben mejor qué es lo que los individuos necesitan y cómo alcanzarlo. Reconozco que esta es una simplificación, pero creo que representa la esencia de una y otra forma de entender los propósitos y alcances de la organización social.

En La lógica de la libertad, el polímita húngaro-británico Michael Polanyi comenta que “cuandoquiera que vemos arreglos bien ordenados de cosas o hombres, instintivamente asumimos que alguien intencionalmente los ha puesto de esa manera”. Hayek llamó “orden espontáneo” a aquellos órdenes sociales que son el resultado de la acción humana, pero no del diseño humano. En este sentido, orden no significa “cada cosa en su lugar”, sino una propiedad que emerge de la interacción humana y no de un arreglo deliberado con fines previstos. Un ejemplo clásico de este tipo de orden es el lenguaje, que no fue deliberadamente diseñado o inventado por alguien; es el resultado de una lenta evolución de formas de comunicarse entre las personas. Es maravilloso, complejo, extraordinariamente útil y diverso, provocando niveles increíbles de abstracción y sofisticación de pensamiento y coordinación. Es producto de la interacción humana y no del diseño deliberado. Otro ejemplo de orden espontáneo es el dinero, un medio de intercambio indirecto que facilita y potencia la división del trabajo y la especialización. Nadie lo inventó, menos algún gobierno; es producto de un lento proceso de evolución del trueque.

Christopher Coyne (2010) discute la dicotomía entre lo que llama “el paradigma de la asignación” y “el paradigma del intercambio”, en el estudio de la economía. El primero se enfoca en la anticuada definición de la economía como el estudio de la asignación de recursos escasos entre fines ilimitados, lo que supone un “problema de asignación”, que tiene “solución” y que presuntamente alguien, quizás un economista, puede resolver. El segundo paradigma se enfoca en el estudio y comprensión de cómo el intercambio voluntario de propiedad por parte de individuos provoca y alcanza complejos niveles de división del trabajo, coordinación, cooperación social y creación de valor.

Una famosa frase de Adam Smith dice que “no es por la benevolencia del carnicero, el cervecero y el panadero que esperamos nuestra cena, sino por su propio interés”. Esta frase alude a cómo es que en el proceso de mercado las personas, actuando por su propio interés, benefician a otras. También ilustra la “distribución” en el proceso de mercado; los ocho quetzales que pueda costar un apetitoso shuco se distribuyen entre millones de personas, sin que medie un “distribuidor” o un planificador central que hiciera llegar este suculento alimento a una carretilla en las afueras del Liceo. Esto es lo que Adam Smith llamaba “la mano invisible”; la increíble hazaña de coordinación y cooperación, dado por ese orden espontáneo conocido como el proceso de mercado.

fritzmthomas@gmail.com

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